Hay días que llegas al trabajo y lo primero que haces es mirar el planificador de LetsGo que pusiste en la pared de tu despacho para organizarte. Y lo que ves empieza a agobiarte. Así que mueves esta nota aquí, colocas esta otra allá, y lo que era urgente deja de serlo porque, mira tú qué bien, has decidido ahora que puede esperar a mañana. Pero esto otro, que te gusta mucho más que el informe que tenías que preparar y que no corre ninguna prisa, hoy pasa a ser prioritario porque no tienes el ánimo para farolillos. A eso, querido pulpi, se le llama procrastinar y te puede dar algún disgusto que otro si lo conviertes en costumbre.
Procrastinar, que viene del latín procrastinare (pro-, adelante; y crastinus, mañana), es lo que dice tu abuela de dejar para mañana lo que puedes hacer hoy y sustituir esa tarea tan tediosa por otra que te produzca más placer, te resulte más sencilla o te apetezca más. Por eso, aunque estés tentado de pensarlo, procrastinar no es holgazanear, porque no dejas de trabajar, sino que lo sustituyes por otra faena. De hecho, como asegura Matt Brauning en 3 Ways To Cure Procrastination, “mantenerse ocupado todo el tiempo no equivale a productividad”.
Según Joseph Ferrari, autor de Procrastination and Task Avoidance, el 20% de los adultos estadounidenses son procrastinadores crónicos. Y según la encuesta publicada en el artículo How to Stop Procrastinating – Now, pasamos aproximadamente 218 minutos al día (55 días al año) haciendo otras tareas que no son las que debemos hacer.
Tranqui, no estás solo, somos legión los que alguna vez nos entregamos al procrastineo. ¿Pero por qué lo hacemos? En muchas ocasiones, por falta de motivación e incluso por miedo a no ser capaces de cumplir con esa tarea tan bien como se espera de nosotros. Pero, ojo, que no siempre es malo dejar para más tarde lo que te suponga más esfuerzo. Hacer algo que nos resulte más agradable en determinados momentos puede servirnos de respiro y coger después la cosa con más ganas. Además, a algunas personas les funciona porque con ello tienen más tiempo para pensar y encontrar maneras mejores de hacer ese trabajo
El problema, como todo, viene si lo hacemos continuamente. Ya no es que vaya a afectar solo a nuestra productividad, sino que puede llegar a crearnos estrés y ansiedad. Y no hemos venido al mundo (laboral) a ponernos malos.
TIPOS DE PROCRASTINADOR
En esto de procrastinar hay diversos modelos (¡anda, mira, como las LetsGo!), no un único estándar. En líneas generales, hay dos tipos de procrastinación: la reactiva y la impulsiva.
La procrastinación reactiva es la que se produce debido al miedo o ansiedad que nos causa afrontar una determinada tarea. Mientras que la procrastinación impulsiva es la que se produce porque eso que tenemos que hacer nos aburre más que contar ovejas.
Y en función de estos dos tipos de procrastinación, hay cinco tipos de procrastinadores.

El procrastinador perfeccionista
Sí, has acertado. Hay quienes procrastinan porque son don y doña perfectos, de esos que cuidan hasta el más mínimo detalle en todo lo que hacen porque odian que les abochornen y les juzguen más que quedarse sin vacaciones de verano.
Estos procrastinadores perfeccionistas no llegan a dejar de lado el trabajo que les toca cumplir según su agenda, pero lo hacen taaaaaan lento y son taaaaaan exhaustivos con cada paso que, al final, se quedan sin tiempo y les toca correr. Y, claro, acaba pasando lo que tanto temen: que la cag…, ¡uy, perdón!, que acaban cometiendo errores para mofa del personal (hartito de tanta perfección).

El procrastinador impostor
¿Te suena lo del síndrome del impostor? Pues algo parecido. Este perfil pospone o directamente evita el trabajo que tiene que hacer porque cree que no va a estar a la altura de lo que se le pide o porque cree que no obtendrá buenos resultados, y eso puede darle fama de inútil.
Si trabajas en una empresa donde se exige un alto nivel de cumplimiento y de calidad, no es raro que a tu alrededor haya algún que otro procrastinador impostor. Y si no lo encuentras, es que eres tú, pulpi.

El procrastinador desmotivado
Este especimen, joven padawan, es aquel que retrasa sus obligaciones porque lo que tiene que hacer le resulta tan desagradable y aburrido que pa qué ponerse.
Suele encontrarse en empleos que se vuelven muy repetitivos, donde siempre es lo mismo un día tras otro y en los que tampoco tiene a nadie que le dé ningún tipo de feedback sobre su trabajo. Vamos, que más que un vicio, en estos casos la procrastinación es casi una cuestión de supervivencia.

El procrastinador abrumado
¿Por las felicitaciones? Ya quisiera. Evidentemente, por el exceso de trabajo. Tiene tantas cosas que hacer y tantas tareas en la cabeza que no sabe ni por dónde empezar. Normal que se bloquee, pobrecillo.
El procrastinador afortunado
¿Afortunado? ¡Qué me estás contando, José Luis! Pues sí, pulpi querido, hablamos de ese tipo de personas que afirman trabajar mejor solo si están bajo presión. Así que lo van dejando, lo van dejando, lo van dejando… hasta que el tiempo está a punto de terminar y se tienen que poner las pilas.
TRANQUI, QUE TIENE CURA
Ahora que te hemos expuesto cuántos tipos de procrastinadores hay, te toca a ti descubrir a cuál de ellos perteneces. Pero no te agobies, porque seas cual seas,
lo de procrastinar tiene solución. Aquí van algunos consejos que ofreció el Colegio Oficial de la Psicología de Madrid en su blog.
Evita la tentación
Eso, para empezar. Aleja de tu vista todo aquello que te puede hacer perder la concentración en ese maravilloso organizador de tareas que has creado con tus LetsGo de diferentes formas y colores. Fuera móvil, fuera TikTok, fuera todo eso que mola más que tu trabajo. Céntrate, Mari Carmen.
Crea subtareas
Eliminadas las tentaciones, vuelve a fijarte en tu planificador o agenda. ¿Qué tal si pruebas a dividir esa tarea en otras más manejables? Por variedad de LetsGo no va a quedar, ya lo sabes.
Prueba a marcarte pequeñas metas haciéndote preguntas del tipo “¿Qué es lo primero que tengo que hacer para meterle mano a este asunto?”. “¿Y después?”. “¿Y después de después?”… Ya verás como será más fácil de afrontar y te acercarás poco a poco al objetivo final.

Rompe la barrera del primer minuto
Empezar es lo más difícil, superar ese primer minuto que pasa desde que ves claro lo que tienes que hacer y ponerte al lío. Si logras vencerlo, ya tienes la mitad del trabajo hecho porque, a partir de ese momento, tu cerebro creará la ansiedad necesaria para terminar la tarea que has comenzado. ¡Ánimo, pulpi, a por ello!
No te busques pretextos
Nada de excusitas como “Va, por un día que me retrase no pasa nada, si hay tiempo”. O “Miro un TikTok y me pongo, de verdad”. O “Venga, lo dejo para el próximo día, que ya será lunes”. ¡Que no, amigui! ¡Que lo hagas ya, y punto!

Prémiate al terminar
Sí, vale, lo que tienes que hacer hoy es aburrido, un tostón, una lata, pero piensa en esa recompensa que te vas a dar cuando lo termines. Darte premios elevará tu motivación y a ti a generoso no te gana nadie.
Una pausa al terminar
Si has hecho caso del segundo consejo y has subdividido el trabajo que tenías para hoy en pequeñas tareas, haz un descansito al terminar cada una de ellas. El cansancio hace que nos sintamos más desmotivados y reduce nuestra capacidad de esfuerzo. Así que hacer una pausa te permitirá reponer fuerzas físicas y mentales. Pero un descansito, pulpi, no una siesta, que te vemos venir.
Haz público tu compromiso
Pero no el de tu boda, romanticón, sino el que has decidido tomar para cumplir con tu plan de trabajo. Al decir públicamente que vas a hacer tal o cual cosa te va a costar más incumplirlo, porque a nadie le apetece que le pongan la cara colorada por malqueda.
Ese anuncio puede ser la tarea en sí, o cómo la vas a llevar a cabo o en cuánto tiempo la vas a terminar. Ya sabes, la palabra de pulpi hay que cumplirla.










